Textos
POEMAS
Poemas incluidos en el libro "Nada de ti, nada de mí"
EL DESHIELO
“Pronto llegará la nieve, se siente en el aire”
Me he sentado a esperar caer la nieve
en los albores de un cálido otoño.
Se deshielan los glaciares,
tus miradas,
las palabras que suenan falsas.
Se deshiela Groenlandia,
y mis eternas decepciones
al ritmo frenético de un capitalismo voraz.
Se deshielan las dudas,
al ritmo de tu respiración.
El deshielo tocará las fibras sensibles
y las convertirá en agua.
El deshielo dedicará sus esfuerzos
a algo que no seas tú.
Esta noche voy a soñar con la Antártida,
con Laponia,
con algún lugar blanco donde no crezca nada.
Estoy harta del calor sofocante
de tu aliento en mi nuca.
Voy a construir escarcha alrededor de mi corazón.
Quiero que el vaho hiele mis palabras,
andar descalza sobre el hielo abrasador,
congelar los sentimientos,
congelar para siempre las miradas.
Me gustaría no volver a sentir escalofríos,
ni bucear en la nostalgia.
Me gustaría atentar contra el Banco Mundial
y echarle la culpa de todo.
Me gustaría,
por una vez en la vida,
me gustaría
congelar el júbilo,
no volver a amar
y que el hielo de tu mirada me resbalase.
FELICITACIÓN NAVIDAD
Que el amor sea meta y destino,
que se tiendan las manos,
que la primavera siempre llegue,
que el mañana nos espere.
Que te atrevas,
que llegues de puntillas,
que te sumerjas en el mar,
que te pierdas en los bosques.
Que renazcas cada día,
que te crezcan alas en la espalda,
que tiembles de emoción,
que viajes con la imaginación.
Que te pierdas,
que te busques,
que te encuentres,
que envidies a los pájaros.
Que seas flexible como el junco
para que no te rompas,
que te lamas las heridas,
que albergues la esperanza.
Que lleves la paz allá donde vayas,
que tu coraza no te aisle,
que aprendas de los sabios,
de los niños y los ancianos.
Que te desprendas de lo inútil,
que alces tu voz por los que no la tienen,
que no se agoten las soluciones,
que el frío despierte tus sentidos.
Que te sientas vivo…
porque este viaje no se repite.
FELIZ NAVIDAD Y VENTUROSO AÑO NUEVO
LA ESPERANZA
“Si pudieras verme navegar entre la niebla”
Amaral
Todo lo que quedaba siempre al final de todo
era la esperanza.
La esperanza que luego se comían los días
que caían lentamente del calendario.
Era eso lo que siempre quedaba.
Los posos del café en los días noctámbulos.
Las formas poliédricas de la esperanza
siempre eran de esquinas punzantes.
Ellos hablan de la esperanza
con la boca llena,
pero no saben de qué hablan.
Después de recoger los vidrios rotos
la esperanza se adueñaba de la casa.
Me gustaría que no siguieseis
sobrevalorando la esperanza.
Es como un veneno
que se inocula en el alma.
Si te digo la verdad
prefiero que me disparen a quemarropa.
RELATOS
EL HOMBRE INVIERNO
RELATO GANADOR DEL PRIMER PREMIO EN LA CATEGORÍA PROSA EN CASTELLANO DEL XXIX CERTAMEN LITERARI SANT JORDI 2020 EN MOLLET DEL VALLÉS. CATALUÑA. EL TEMA DEL CONCURSO ERA LA SOLEDAD.
El hombre invierno siempre llega cuando menos te lo esperas. Se calienta con fuego y vive en una cabaña. Al hombre invierno le faltan días en el calendario y se baña desnudo en un río que hay cerca de su cabaña. Incluso en invierno. Incluso cuando nieva. Dice que eso lo mantiene vivo. El hombre invierno nunca olvida su primer amor y recoge leña al amanecer con la única compañía de Ronnye, su fiel pastor alemán. El hombre invierno saborea su soledad los días de lluvia y bebe coñac sobre una mesa de madera construida por él mismo. Es habilidoso con sus manos y con las caricias. Le gusta vivir solo en su cabaña cerca del río.
El hombre invierno sabe quién eres la primera vez que te ve aunque casi nunca recibe visitas. Calza botas, habla poco y, a veces, llora en la fría soledad de su cabaña. Al hombre invierno le gustaría verla desnuda sobre su alfombra pero no se atreve a decirlo. Lo piensa cuando habla con Ella y la mira a los ojos pero no se atrevería a decirlo ni por todo el oro del mundo. Es un hombre reservado. No le gusta hablar de sus sentimientos. Se lo guarda todo dentro y, a veces, le quema como el coñac en la garganta.
Al hombre invierno todo le sabe a derrota pero vuela alto al ponerse el sol. Odia el verano y le gusta que salga vaho de su boca. Los días de tormenta calienta café y se lo toma solo. Sin una pizca de leche. Sin una pizca de azúcar. A veces cree oír un ruido fuera, en la noche cerrada. Ronnye empieza a ladrar. “Buen chico” le susurra. Se acerca a la ventana y frota el vidrio con la manga de su jersey de lana para quitar el vaho y poder ver si son los faros del coche de Ella. Fuera sigue lloviendo. Será un pequeño zorro, piensa para sí. Luego coge un libro de la estantería también fabricada con sus manos, acaricia a Ronnye y se va a otro lugar aunque su cuerpo siga sentado en la silla de madera. Le gustan los libros de aventuras. Al hombre invierno le hubiese gustado viajar pero siempre ha vivido en su pequeña cabaña. Sueña con los fiordos noruegos o los volcanes de Rekiavik.
Cuando está de buen humor canta bajo la ducha algún viejo tema de jazz. Sale del baño con el pelo mojado, se sirve un coñac y se dispone a recortarse la barba. El hombre invierno es presa del insomnio las noches de luna llena. Se levanta a media noche y se sienta a la mesa de madera hecha por él mismo. Ronnye duerme plácidamente. Saca un viejo bloc con gruesas hojas y dibuja lo primero que le viene a la mente. A veces el cuerpo de Ella desnudo sobre la alfombra. A veces un barquito que zozobra en mitad del océano. A veces una pequeña cabaña perdida en un bosque cerca de un río. Guarda el bloc y se va a la cama. “La luna está tan bonita allá en el cielo. Qué noche del demonio”
Cuando el hombre invierno está triste y se siente solo agarra fuerte su guitarra con sus dos robustas manos y toca algún tema de Bob Dylan. Eso le cura un poco las heridas. Rasga las cuerdas con delicadeza y furia a la vez. Ronnye lo escucha con esa plenitud del que sólo tiene ahora. Las notas salen de su cabaña y van a perderse al bosque donde nadie las oye porque no hay nadie a 7 kilómetros a la redonda. Nadie a excepción de los viejos álamos, los vencejos o algún zorro.
Si conocieras al hombre invierno pensarías como yo: que todo le cabe en una pequeña maleta. Que el coñac nunca es suficiente. Que le gustaría verla desnuda. Que nunca tiene frío. Que te conoce de toda la vida aunque nunca te haya visto. Que llega cuando menos te lo esperas.
Si conocieras al hombre invierno estoy segura de que querrías que te invitase a un coñac en su cabaña.
Teresa Lao Martínez
EN EL INVERNADERO
RELATO GANADOR DEL TERCER PREMIO EN EL III CONCURSO DEL CASCO HISTÓRICO DE ALMERÍA EN 2024. EL TEMA DEL CONCURSO ERA EL SUICIDIO. PREMIO ENTREGADO POR LA ASOCIACIÓN DE VECINOS CASCO HISTÓRICO. PUBLICADO POR CÍRCULO ROJO EN EL LIBRO “VIVIR DE OTRA MANERA”, QUE REÚNE LOS RELATOS GANADORES Y FINALISTAS.
La muerte es segura, la vida no.
Kane.
En un invernadero suele haber plantas, semilleros, abono, y algunas herramientas como rastrillos, palas y azadas. Poca gente suele tener en su invernadero un apartamento estanco oculto en un armario, tras una madera falsa. ¿Qué meterías ahí? Algo realmente que fuese valioso o, incluso, ilegal, y que no quieres que encuentre nadie. Ese tipo de emplazamientos remotos, esos escondrijos, suelen ser lugares comunes de la infancia. Amélie Poulain halló uno de esos tesoros escondido en una caja metálica de galletas tras un rodapié suelto; las canicas, los soldaditos, los cromos y demás alhajas que pueden emocionar hasta las lágrimas al ser encontrado, muchos años después, por el niño, que ahora ya es un adulto de bien, y que hace mucho dejó atrás ese paraíso, la infancia.
Karl, como Kurt, tenía tatuada una K en el antebrazo. Los dos se hicieron el tatuaje a la misma edad, aprendieron pronto a tocar la guitarra, la pronunciación de sus nombres era casi igual, los dos eran altamente sensibles y tenían un timbre de voz muy parecido al cantar, y una rabia al hacerlo que no se sabe de qué recóndita profundidad emanaba. Nunca llegaron a conocerse, pero uno era la secuela del otro.
Karl tuvo una adolescencia difícil, marcada por el bullying, las peleas y el silencio. Nunca les dijo nada a sus padres ni a nadie. Todo se lo bebía el silencio. La omertá se instaló en su vida y, su presencia fue compañero fiel de almuerzos, cenas y pesadillas por las noches. Apenas tenía amigos. Sólo se lo contó a una única persona, Boddah. No abrió la boca para relatarle a nadie más aquel infierno de puñetazos e insultos diarios. Sólo podía confiar en Boddah. Por él sí que podía saltarse la ley del silencio. Él no se iba a ir de la lengua.
A ambos, a Karl y a Kurt, les salvó la música. La música salva vidas, sentenciaron los dos más de una vez, con absoluta sinceridad. Y en la anatomía de esa disciplina artística que era como una manta, se resguardaron del frío. Del frío de la incomprensión, del frío de sentirse raros, distintos al resto, del frío de la condena al ostracismo, del frío de la herida que no cauteriza. Del gélido vaho que desprendía la omertá. Del frío como concepto. De la música como cura y alivio, como una especie de boya que te mantiene a flote o un refugio con chimenea y hornillo en mitad del bosque. Cuidaban mucho los detalles pequeños, por su alta sensibilidad y, cuando componían, tenían tres cosas en mente: sencillez, actitud y rabia.
Karl abandonó los estudios pronto. El infierno desapareció, al menos por una temporada. Se fue a vivir solo y sobrevivió con trabajos de poca cualificación y mal remunerados. Vivía en una buhardilla con todas sus paredes pintadas de color negro y rodeado de guitarras. Siempre fue habilidoso con las manos y el bricolaje. Casi todo lo que necesitaba se lo fabricaba él mismo. Las púas de la guitarra se las fabricaba recortándolas de las tarjetas de plástico que te dan las gasolineras para que sumes puntos. Y así con todo. Si quería una estantería, cogía dos palés y una lijadora y el resultado era bastante satisfactorio. O por lo menos estaba a la altura de cumplir con la utilidad para la que fue confeccionado. El mejor amigo de Karl era Karl. Nunca se le dio bien hacer amigos. La soledad era su fiel compañera, algunas veces indeseable. Cuando las paredes de la buhardilla se torcían demasiado, se las apañó para decirse a sí mismo: Al menos saber que tenemos nuestro propio abrazo. Pasaba los días en su propia compañía. Para mal o para bien, Karl se acostumbró a sacarse él solo las castañas del fuego y a no pedir opinión ante las vicisitudes típicas de la vida o los caminos que se bifurcan irremediablemente. Cuando los días azul oscuro se colaban por las rendijas de las ventanas de la buhardilla, la cama era su mejor aliada. Horas y horas mirando el techo, la misma humedad o desconchón. Escuchando rock y metal. Hundiéndose más y más en la nostalgia y en el colchón. Herido, como un animal salvaje al que disparan unos cazadores furtivos. Nunca llamó a nadie por teléfono. Nunca pidió ayuda. Nunca fue escuchado, alentado, apoyado. A excepción de Boddah. Pero él no contaba demasiado. Karl se tragaba las palabras de desahogo antes de salir de su garganta y allí se pudrían.
Uno de los trabajos que consiguió fue de guardia de seguridad en unas solitarias naves de las afueras. Era indispensable para el puesto sacarse la licencia de armas. Así fue como, mucho después de dejar aquel trabajo, Karl tuvo en su buhardilla una pistola. En el fondo falso de un armario construido por él mismo, en un compartimento estanco, tras una tabla suelta, donde a nadie se le ocurriría mirar. En el mismo lugar donde se guardaría una caja metálica de galletas que esconde los tesoros de un niño; las canicas, los cromos y los soldaditos de plomo. Por si las moscas, solía decir. Por si las moscas todo se inclinaba demasiado y se caían encima las paredes de la buhardilla. Por si las moscas, solía decir Kurt, el predecesor de la secuela K.
K. y K. se drogaban. Evidentemente, no juntos. Así aguantaban el azul oscuro de algunos días. Con heroína, Kurt. Con marihuana, Karl. Esas sustancias adormecían los vapores de la putrefacción de las palabras que se quedaban atravesadas en sus gargantas. En toda vida hay un opio, una flor de la adormidera que insensibiliza, aquieta, calma y anestesia el cuerpo para que la mente pueda soportar el peso de todas las paredes torcidas, el desasosiego de los yermos descampados que nos habitan, el lastre que amplifica la inquietud y la fecunda, y para poder encajar las piezas que no encuentran su lugar en el rompecabezas. En definitiva, para darle levedad al campo gravitacional de nuestra existencia. Otros usan analgésicos o la tarjeta de crédito.
Karl imitaba a Kurt con su banda en los escenarios. Era imposible distinguirlos. Tanta sensibilidad, actitud y rabia desbordaban a las masas que los idolatraban fervientemente. Kurt primero, y luego Karl, liberaban la putrefacción con gritos desgañitados de cólera contenida que liberaban mientras rasgaban con furia la guitarra. De qué recóndita profundidad emanaban no lo sabe nadie. Ni Karl, ni Kurt, ni su confidente, Boddah. Pero lo cierto era que esa era su válvula de escape.
No se sabe con exactitud si fue Kurt el que salvó a Karl, o Karl el que salvó a Kurt. O Boddah el que los salvó a los dos.
Karl era aficionado a los videojuegos y, con la misma habilidad con la que fabricaba un armario con palés, diseñó un videojuego. Era un juego sencillo, pero trascendental. Tal que así. Te movías por la casa de Kurt en Seattle. Cogías pistas, superabas pruebas, conseguías puntos con las recompensas y te deslizabas con habilidad de una habitación a otra. Ganabas si llegabas al invernadero antes de que Kurt abriera el compartimento estanco del fondo falso del armario, cogiera los cartuchos y la caja de cigarrillos, se inyectara heroína en la K del antebrazo, dejara una nota para la única persona del mundo que podía entenderlo y que siempre lo había escuchado, Boddah, su amigo imaginario de la infancia, y se volara la sien con una escopeta Remington calibre 20.
Karl llegó a tiempo, y nunca encontraron a Kurt tres días después sobre un charco de sangre, en su invernadero. No hubo nota a Boddah, ni heroína, ni cartuchos. Lo que sí había era el compartimento con los tesoros de la niñez de Kurt; unas canicas, unos cromos y unos soldaditos de juguete.
Igualmente, Kurt llegó a tiempo para salvar a Karl. La música, la buhardilla llena de guitarras, los gritos desgañitados en los escenarios que liberaban la putrefacción, la flor de la adormidera, la marihuana, la actitud, la sencillez y la sensibilidad, la k que se tatuó y el compartimento estanco del armario hecho con palés, por si las moscas, que nunca llegó a utilizar, salvo para guardar sus pequeños tesoros; unas púas de guitarra fabricadas por él mismo con mucha maña y un par de fotos de Kurt Cobain, ya con arrugas, un poco mayor y sonriente.
EL VERDADERO KURT COBAIN
“Las estrellas están ahí,
sólo debes mirarlas…”
Kurt Cobain
Yo conocí al verdadero Kurt Cobain. Vestía chaquetas de lana raídas y camisetas viejas y descoloridas. Tenía los ojos más bonitos que había visto nunca. Azul de las profundidades marinas. En ellos podías bucear y nunca querías salir a la superficie. Dicen que el alma asoma a los ojos o a la mirada. El alma de Kurt Cobain era azul y profunda. Si lo mirabas podías saber lo que le preocupaba. Supongo que tenías que mirar más allá de las diminutas vetas de sus pupilas azul índigo. Aunque también supongo que quizá para verlo mejor tenías tú que cerrar los ojos. Contradictorio, ¿no? Creo que no. Quizá no me explique bien.
La primera vez que vi a Kurt Cobain fue en una foto que le hicieron desprevenido. No estaba mirando a la cámara. En la foto llevaba una vieja chaqueta de lana color beige y a partir de esa imagen nació la estética grunge. Él no pretendía ser un icono de nada pero lo llegó a ser sin proponérselo. Él nunca supo lo guapo que era ni le importaba. Eso lo hacía aún más bello. La segunda foto que vi de Kurt Cobain no quise haberla visto nunca. Se me rasgó el alma en dos. Quise borrarla de mi retina pero ya era demasiado tarde. Se grabó en ella y se quedó en el recuerdo para siempre. Estaba llorando y se tapaba la cara. También estaba desprevenido. Llevaba unas converse y unos vaqueros rotos. Estaba tan triste que no reparó en que lo estaban fotografiando. No le gustaban las cámaras. Si hubiese sabido que le estaban haciendo una foto quizá se hubiese abalanzado contra la cámara y la hubiera destrozado como destrozaba guitarras en sus vídeos musicales. Supongo que la vida le pesaba y la heroína le aligeraba el peso de la vida. Nunca llevó bien la fama. Nunca quiso lo que todo el mundo sueña. Nunca quiso ser en lo que se convirtió y eso lo mató. Le mató no querer lo que era, no saber lo que era, no encontrarse cuando se miraba al espejo.
Kurt Cobain nació en Aberdeen el 20 de Febrero de 1967. El verdadero Kurt Cobain nació el 5 de Abril de 1994, justo cuando Kurt Cobain disparaba en Seatle el rifle que dio directo en su sien. En ese preciso momento y ni antes ni después nacía en Figueras el verdadero Kurt Cobain con unos ojos azules de las profundidades marinas que dejaron boquiabiertos a sus padres y a la matrona que lo trajo al mundo. El mito que inventó y luego despreció el grunge tenía 27 años. Justo la edad que tiene ahora el verdadero Kurt Cobain. Yo conocí al verdadero Kurt Cobain con la edad en la que el de Seatle se quitó la vida. La vida se reinventa. Nada muere. Todo se transforma. Para que naciera el verdadero Kurt Cobain tuvo que morir Kurt Cobain.
El verdadero Kurt Cobain remolonea en la cama por las mañanas antes de levantarse. No suele peinarse su cabello rubio laceo y enmarañado, al igual que su predecesor, y se despierta con un aire soñoliento en la mirada. Lleva una vida mucho más anodina que el vocalista de Nirvana. Le gusta mucho el cine, los kebabs y la coca-cola y siempre desayuna Nesquit. Odia el café. Eso sí. Le gustan las camisetas viejas y descoloridas y la mayoría de las veces se las pone al revés. Lleva en su sangre la rebeldía. En invierno usa jerseys y chaquetas de lana como el del club de los 27. Cuando se mira al espejo le parece ver a alguien que se parece a Kurt Cobain, sobre todo por los ojos, pero puede reconocerse y saber quién es más allá de parecidos razonables. Le hace sombra el de Seatle. La gente lo para por la calle y le dice: - Ey tío, joder, cómo te pareces al cantante de Nirvana. Se quedan atónitos. Él sonríe como sonreía el otro y mira hacia otro lado. Tampoco le molesta tanto la fama como al que murió cuando él venía al mundo. No cayó en la misma trampa. Aprendió la lección. Aprendió a sobrevivir en la adversidad, a alimentarse de fantasía, a amar al que le devuelve el espejo aunque se parezca al que marcó a la generación X. Él no es tanto. No ha hecho tanto pero le ha costado 27 años aprender a mirarse al espejo sin huir de él. Remolonea en la cama cuando le suena el despertador y se conforma con su vaso de Nesquit. Yo creo que Kurt Cobain envidiaría al verdadero Kurt Cobain. Por su forma de mirarse al espejo. Por su manía de apartar la verdura del plato. Por su manera de acariciar.
Hay una pequeña diferencia entre los dos. Kurt Cobain tenía las manos con dedos largos y fibrosos y tenía un don para tocar la guitarra y una voz rasgada de barítono ligero espectacular. El verdadero Kurt Cobain no ha heredado esto. No tiene esa voz privilegiada ni toca la guitarra, pero tiene un don para las caricias. Aunque tampoco lo sabe. Ni sabe que tiene los ojos más bonitos que han nacido sobre la Tierra, al menos desde hace 27 años. A veces alargo mis dedos y toco tímidamente su cabello y el tacto es suave. Acerco mi nariz a un mechón de su pelo y huele a hierba fresca, a fragancia profunda, al mar en toda su rebeldía. Cuando el verdadero Kurt Cobain se recuesta a mi lado y me acaricia el brazo con un solo dedo y me mira con sus espectaculares ojos azul índigo pienso en el otro, en el que se fue antes de tiempo, en porqué se fue, en qué pensaría cuando se miraba al espejo, en porqué nunca miró dentro de sus ojos azul de las profundidades marinas, en si apartaba la verdura del plato y en la casualidad que los unió a los dos.